Bien para comenzar, les
hablaré un poco acerca de mí. Tengo 24 años, una princesa hermosa de 4
años, estuve casada con el papá de mi niña por más de 6 años hasta ahora. Soy en esencia una
persona alegre, me gusta hallarle el modo agradable a todas las cosas… O bueno
así es que era hasta que las cosas empezaron a andar mal en mi matrimonio, hace
cerca de 1 año y medio, y me convertí en una persona amargada, irritable y
siempre de mal humor.
Mi esposo (o ex esposo, lo que sea, realmente ahora me da lo
mismo), a quien llamaremos “Andrés” por decirlo así; es y siempre ha sido una
persona controladora, manipuladora, prepotente y cerrada en cuanto a opiniones
distintas a las de él.; pero físicamente es lo que se considera atractivo. Es
alto, de complexión gruesa; espalda ancha, brazos grandes, es de piel blanca, y
tiene unos ojos que literal “embrujan” son una mezcla de verde con gris que
nunca había visto, más que en él y en mi hija. Nuestra relación nunca se consideró
como buena, ya que el único que tenía voz y voto dentro de ella, era él. Era
una relación sin pies ni cabeza. ¿Qué que me mantuvo ahí? Mi hija, el miedo a
enfrentar la vida por mi cuenta, y sus constantes arrebatos de violencia (que
poco a poco y sin que yo me diera cuenta me hicieron perder la confianza, y mi
autoestima, me hicieron completamente dependiente de su veneno).
Pues bien, en el mes de Junio, por su trabajo “Andrés” tuvo que cambiar de ciudad. Y mi hija
y yo solo lo vimos durante dos ocasiones en Septiembre y en Diciembre, la
última vez que lo vimos. Ese día, el llego irritable para variar un poco, lo
primero que hizo al verme fue gritarme y gritarme hasta que se cansó, además de
mirarme con su ya clásica “mirada llena de ira”, yo, como siempre, aguante los
gritos y su histeria en silencio, porque ya sé que si contesto lo más seguro me
silencié con una cachetada. Como a la 1 de la mañana se cansó de gritarme y por fin se quedó dormido, y yo hice lo
mismo.
Más tarde esa noche, como a las 4 de la mañana, desperté porque
lo sentí cerca. Quería que tuviéramos relaciones. A lo que no me podía negar,
porque vamos… ¿conociéndolo? Terminaría golpeándome y como al día siguiente era
el festival de invierno en el Jardín de Niños de nuestra hija, no quería
aparecerme con el ojo morado. No me negué, pero no fue algo que disfrutara en
lo absoluto. Me sentí usada, sin valor, humillada durante el acto. Solo cerré
los ojos y espere a que se acabara. Como el señor es un auténtico macho no pregunto
nada. Solo termino dentro y ya.
Al día siguiente por la mañana, nos preparábamos para el festival de nuestra hija, recuerdo sus palabras
hirientes: “arréglate bien, no quiero que me vean con una vieja fodonga o
vestida con ridiculeces… ya sabes”. Ya
arreglada, nos fuimos al festival, a cubrir las apariencias. “Andrés” asemeja ser el padre y esposo del año. Todo
amor. Mientras veíamos el recital de
nuestra hija, “Andrés”, en todo momento me abrazo, me tomaba de la mano. En
fin, todo por lucirse; como siempre ha sido.
Ese día, por la noche comencé a notar una molestia diferente
en mi vientre. Y algo sentí dentro de mí. (Ahora sé que en el momento en que el
ovulo es fecundado, en ese preciso momento se envía una micro señal al cerebro
de la madre, para indicarle que está embarazada).
En ese momento, empecé
como loca a hacer mis cuentas. Y ¡sorpresa! Era el día de mi ovulación.
No me quise alarmar y compre las pastillas del día siguiente.
Lo único que le comenté a “Andrés” fue:
Yo: “Oye, ¿ayer terminaste adentro?”
Él: “¿Por qué?”
Yo: “Porque hice cuentas y estoy en mis días fértiles. Y
compré la pastilla”
Él: (cara de enojado) “Pues tómatela ya, ¿ok? No quiero
mamadas.
Esa misma noche (aproximadamente 12 horas después de la
relación me tomé las pastillas en unidosis.
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